CAMELLOS

“Ejecutivos y runners con una vida más química que Ozzy Osbourne, becarias que rozan la esquizofrenia, moda salida de cubos de basura, el orgullo de ser gilipollas, niños bien que se sienten bendecidos o carteros con la fresa carcomida conforman un trabajo agreste donde los haya”. Así presentan a este cuarteto madrileño de dos jorobas, verdaderos cronistas de lo cotidiano que lo mismo señalan a los años de la Movida irreverente (la de Siniestro Total y Derribos Arias) que al ya lejano punk-pop destartalado de los añorados Patrullero Mancuso. Letras que retratan con mordacidad estos tiempos de desquicie informativo, composiciones que no entienden de dobles lecturas y buscan un valor en la mugre y un manifiesto cinismo que se diría importado desde las páginas del Hola o del Sálvame Deluxe, con Kiko Matamoros gastando bigote a lo Billy Childish y María Patiño de farra con La Banda Trapera del Río. Puede que los hayan encajado en el mismo saco que sus coetáneos Los Nastys o The Parrots (ese espacio donde cohabitan el surf alcohólico y el garaje-punk pegajoso), pero lo de Camellos se vertebra sobre una cualidad mucho más peligrosa: la cáustica ironía de quienes ya han claudicado ante una vida que es una pura estafa. Una fresca, inteligente e irrespetuosa puesta a punto del espíritu del 77 trasladado a los años de Tinder e Instagram.